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miércoles, 4 de abril de 2012

LA MADRE DE DIOS Y EL HOMBRE DE LAS DOS CARAS.



Por: Juan Crisóstomo Medina Villanueva

Un hombre fue al monte a recoger la leña y como no era su deseo matar a ningún árbol, ya fuera uno muy joven o ya fuera un gran oyamel, caminó tanto, que fue consumiendo lo que su esposa le había preparado, cuando agotó el agua para beber, encontró un árbol que por ser tan viejo, había muerto y se encontraba tirado. El hombre empezó a cortarlo. Por ser un trabajo muy duro, sudó tanto, que moría de sed y se preguntó a sí mismo: ¿Qué haré? Recordando entonces de un lugar llamado Tulmiac (Lugar del agua de los tulares) donde brota un agua hermosa y limpia, se encaminó hacia allá.

         Cuando llegaba a Tulmiac, vio a una hermosa mujer de cabellos del color de los granos de maíz amarillo que los lavaba con el agua que se deslizaba sobre él. Ante tan bien formada y bella mujer. El hombre no podía creer lo que miraba que frotó sus ojos y, lentamente se fue acercando a tan majestuosa señora que cuando levantó la cara con una hermosa mirada que parecía resplandecer, que luego, luego llenaba de una paz espiritual.

El hombre quedó encantado, ni siquiera se movía, ni siquiera emitió una palabra, hasta que la señora le dijo:

“Yo soy María de la Asunción, ya hacía mucho tiempo que te esperaba porque tu eres un hombre puro ya que tú no matas árboles, ni matas animales, ni haces daño a los hombres. Yo agradezco a Nuestro Señor cuando hay hombres como tu. ¿Por qué te llaman tus hermanos El de las dos Caras?". El hombre no creía cómo sabía la forma en que la gente de nuestro pueblo le llamaba. No te espantes y siéntate a mi lado le dijo y el hombre empezó a hablar, ni siquiera la saludó, sino que le inquirió ¿Tú eres el demonio? Se dice que te conviertes en lo que más desea el humano en su corazón. La señora le respondió: De mí nació el Hijo de Dios y soy la madre de todos ustedes. En tu corazón como de una semillita nacerá tu amor a Dios. El hombre se tranquilizó y le respondió:

Así me llaman porque llevo una vida honesta y respetuosa para con todos, y se dice que posiblemente en casa con mi esposa y mis hijos soy muy malo. Dios sabe que no es cierto. Yo amo a mi esposa y a mis hijos y, ya me voy, sólo vine por un poco de agua para beber y tengo que vender la leña que he cortado para que mis hijos tengan alimento.

Luego la señora lo detuvo mientras le decía: “Ves esta alfombra de flores? Levanta los pétalos y mételos a tu morral. Cuándo llegue a tu casa pónselos en el regazo a tu mujer y ésta será tu comida y no te faltará mientras tú vivas. Deja toda la leña que has cortado y escucha lo que voy a encargar: No tengo casa entre ustedes y quiero que me la hagas en el lugar llamado Chicômôztoc (Lugar de las siete cuevas).

Yo quiero una casa grande donde todos ustedes mis hijos quepan cuando me visiten o cuando sea mi fiesta; que será el corazón del caserío. Y como no hay agua para hacer las paredes de piedra y lodo, con tu pié harán tu huella y el agua te irá siguiendo. Habrá agua mientras haya trabajo y cuando se concluya, vendrás aquí a Tulmiac y con una pequita de maguey cerrarás el pequeño arroyuelo, para que no vengan los gachupines y los lastimen.
        
Cuando llegó a Malacachtépec Mòmòzco (Lugar rodeado de cerros como túmulos funerarios, ahora Milpa Alta), reunirás a la gente y les dirás lo que te he mandado y en verdad, desde hoy tendrás dos caras, eso permitirá que no tropieces mirando hacia adelante, mientras le posaba su mano en la cabeza y con la otra a tu espalda, cuidarás dirigiendo el agua.
        
Pasó a dejar lo que había trabajado y, haciendo la huella del pié derecho y alargándola, empezó a seguilo (sic) un delgado arroyuelo, por donde iba su huella, ya por en medio del bosque, aún subiendo lo cerros, el agua lo seguía; también cuando bajaba; cuando pasaba sobre la arena negra, la arena no la absorbía, el agua, sólo pasaba robre ella;  tampoco por donde había arenilla roja, tampoco por los pedregales; el agua no se introducía entre las pequeñas piedrecillas. Las golondrinas y muchas otras avecillas volaban por donde pasaba el agua, las mariposas y abejas también mitigaban su sed y se podía observar cómo al agua brinda el aliento de vida.
        
Cuando llegó a Malacachetepec (Milpa Alta) reunió a toda gente y empezó a contar lo sucedido, mientras, la gente no creía lo que el hombre les decía. Unos declaraban ¡Está borracho!, o ¿A quien lo trastornó con mentiras? Cuando esto vio les dijo: Esta agua me ha venido siguiendo desde Tulmiac donde nuestra bella Madre me envió a decirles lo que les he informado, aquella que quiere vivir entre nosotros.

Como se escucharon algunas risas nuevamente les dijo: Como no me creen vean: Sacándose el sombrero, volteó la cabeza para mostrar su segunda cara y todos se sorprendieron y empezaron a hacer caso al mandato. Empezaron a limpiar el lugar de amarilla tierra allí mismo donde se denomina Chicômôztoc (lugar donde se encuentra la Parroquia de la Asunción) y se inició la obra.

Cuando el de las Dos Caras vio a su mujer entre la multitud, la llamó y le dio el morral diciéndole: Ve a casa y dales de comer a nuestros hijos con esto que la Señora me regaló. La esposa abrió el morral y vio que dentro había sólo pétalos de flor y empezaba a sonreír, llamándole la atención, el de las Dos Caras dijo:

“Haz lo que la Santa Madre nos ha mandado hacer”. Cuando llegó a su casa y volvió nuevamente a abrir el morral, vio que las flores se habían convertido en tortillas, picaditas, saladitas de manteca, tortillitas rellenas de fríjol,  tamales y otros ricos alimentos. Los niños junto con su madre empezaron a comer y como era mucha el hambre que tenían se atropellaban las manos por sacar alimentos del morral, mientras que éste no se vaciaba, pues no dejaba de haber mucho más y más. Cuando la mujer vio esto: Dio gracias a la Madre de Dios y con lágrimas en los ojos pidió que la perdonara pues ya tenían muchos días de ayuno.

Desde ese día y muchos más que después vinieron no faltó que comer en la casa y entonces con lo que ganaban por su trabajo, compraron ropa a sus amados hijos que ya tenían todo lo necesario así como  para su aprendizaje.

Mientras hubo trabajo en la Iglesia no faltó el agua, tampoco la comida en la casa del Ontexâyâ que mientras vivió.

Este relato lo escuché de labios de mi amada madre Francisca Villanueva Rojas.