Por: Raymundo Flores Melo
El
uso del temazcal forma parte de la cultura de varios pueblos originarios de
nuestro país[1], su
empleo terapéutico y ritual aún está presente en la memoria de sus habitantes,
sobre todo para el baño de las mujeres que han dado a luz y de los niños recién
nacidos.
Hasta
a mediados del siglo pasado, su uso era extendido en algunos de los pueblos de
Milpa Alta, sin embargo, el empleo por parte de la población nativa empezaba a
disminuir, hasta casi desaparecer en la época actual.
Para
los milpaltenses, los temazcales comunes son aquellos de “planta
circular y techumbre cupuliforme”[2],
mismos que podemos ver, todavía y cada vez menos, en algunas casas, los cuales
tienen cierto parecido a los hornos para hacer pan. Por lo general, su bóveda
es construida con tezontle rojo.
Dentro
de la tradición oral de la región, encontramos al perro relacionado con este
baño de vapor prehispánico, a ese ser que ha sido compañero del hombre a lo
largo de su cotidianidad y en la muerte.
Dentro
de la vida diaria, no solo acompaña al campesino milpaltense en su trabajo, lo
hayamos en la casa compartiendo con los demás miembros de la familia y siendo
partícipe de lo que acontece en ella; a este apartado pertenecen los dos
ejemplos siguientes:
En
el primero, nos cuenta, el antropólogo William Madsen que, en San Francisco
Tecospa[3],
cuando se construía un baño de vapor, era necesario enterrar cuatro cachorritos
vivos bajo el suelo del temazcal para que estos protegieran al recién nacido en
su primer baño, pues si las almas de los perritos no estuviesen, los infantes
morirían por el calor. Además, agrega que a las mujeres se les bañaba al cuarto
día después de parir, en tanto, que a los bebés tan pronto como se les cayera
el cordón umbilical[4].
El otro
caso hace referencia al poblado de Santa Ana Tlacotenco, un poco más al sur
de la anterior comunidad; es el profesor Librado Silva Galeana, oriundo del
lugar, quien comenta que, cuando un temazcal es nuevo, se debe meter primero a
un perro para que éste absorba lo malo:
“Se dice que hace mucho tiempo, cuando se iba
a estrenar el temascal, antes de que entrara una persona, metían un perro. Y se
decía que, en caso de que en el baño se hallara algo maligno, se pegaba al
perro y éste lo sacaba. Con ello, lo malo no se pegaría en las personas y nada
les ocurriría.”
En
los dos casos, el perro juega el papel de protector, ya que salvaguarda a los
niños recién nacidos de la alta temperatura, del calor; así como, de lo malo a
las personas que entran a un temazacal
nuevo; acción similar a la que hace una persona que quiere quitarse el aire de cuando ve al no
bueno, aquí también el contacto con el can deja fuera de peligro a los niños
de la familia[5].
Lo
encontrado en San Francisco Tecoxpa y Santa Ana Tlacotenco, junto a la
tradición oral de los barrios de la Asunción, nos ayudan a tener un panorama de
la importancia que tuvo el del perro en los pueblos nahuas de Milpa Alta.
Abril de 2018.
[1] Sobre
todo en el centro y sureste de México.
[2] Puede
verse el artículo de Alcina Franch, J. ; Ciudad Ruiz, A. ; Iglesias
Ponce de León, J., « El “temazcal” en Mesoamérica : evolución, forma
y función », Revista Española de Antropología Americana, 1980,
(vol. 10), p. 93-132
[3] De
esta manera esta escrito el nombre nahua del pueblo en el libro de Madsen.
[4]
MADSEN, William. The virgin’s children.
Life in an aztec village today. EUA, University of Texas Press, 1960, pp. 69-70.
[5] Véase
FLORES MELO, Raymundo. En la Milpa Alta.
Historias y crónicas. México, SEDEREC, 2016, p. 108