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viernes, 16 de febrero de 2018

LEYENDA DEL SEÑOR DE LAS MISERICORDIAS O DE YENCUICTLALPAN.

Por: Christian Mancilla Jiménez
 
Trascurría aproximadamente el año de 1540 cuando en el pueblo de Santo Domingo Ocotitlán (donde abundan los ocotes), en el estado de Morelos, unos leñadores que recorrían la cumbre de la montaña, descubrieron con mucho asombro, una imagen de un Cristo crucificado de dos metros de alto aproximadamente, elaborado de un material muy ligero, se cree que de médula de sáuco o gabazo de caña. 
 
Inmediatamente llevaron la noticia a los pobladores y regresaron a dicho lugar, llamado Tlalpantitla (junto al suelo o cerca de lo plano) acompañados de unos frailes dominicos quienes al contemplar al Cristo, les dijeron que habían hecho el hallazgo del Señor de las Misericordias y les recomendaron que lo cuidaran y lo quisieran mucho porque era muy milagroso. Efectivamente, lo veneraron y le tomaron un gran cariño, y en ese mismo lugar construyeron un techo humilde para el Cristo. 
 
La imagen del Cristo, se encontraba reclinada en un rincón, no podía tener el cuidado que requería y merecía por ser una imagen sagrada, debido a lo estrecho e inadecuado del lugar, era un descuido involuntario por parte de los moradores. Se dice incluso, que las aves de corral dormían sobre los brazos de la imagen. 
 
La crueldad de los conquistadores, obligo a muchos indigenas a remontarse a la cumbre de la montaña, y fue así como los de Ocotitlán se fueron a vivir a Tlalpantitla con el Señor de las Misericordias. 
 
En tales circunstancias, la imagen tenía, forzosamente que deteriorarse. Un día, al percatarse las personas que uno de los dedos estaba completamente en mal estado, decidieron llevar a la imagen a la ciudad de México, para ser restaurada porque allí había especialistas en ese oficio. 
 
El acontecimiento que se narra en seguida fue aproximadamente en el año de 1560. 
 
Se espero el momento oportuno organizando una pequeña peregrinación a la ciudad de México, donde se llevo envuelto con manteles de la iglesia y petates, enzima de una parihuela. Al llegar con la persona indicada y al presentarle la imagen del Cristo, este quedó estupefacto provocando un gran asombro en las personas que le llevaban y quienes no emprendieron el porqué de tal asombro. 
 
Una vez concluida le reparación, las personas que recogieron la imagen quedaron sorprendidas por el trabajo tan perfecto. Entonces el artesano narro lo siguiente: Hace varios días soñé al mismo crucifijo que me han traído y me dijo que le dolía un dedo, que yo se lo arreglara pero sin la ayuda de ningún instrumento, sino con bálsamo que me mostro y me pidió que se lo frotara en el dedo enfermo. Yo he hecho exactamente lo que he soñado y aquí tiene usted el dedo en perfecto estado; así que el trabajo que están ustedes admirando, realmente no es mío, es obra milagrosa del mismo Cristo. 
 
Llenos de admiración, emprendieron el camino de regreso. El traslado de la imagen, por su delicadeza y por lo rural en aquella época, de los medios de trasporte y de las vías de comunicación, era sin duda tardado y difícil. Por eso, al pasar el pueblo se Atocpan (sobre tierra fértil) decidieron descansar en el paraje denominado Xalimoloya (lugar donde revolotea la arena) pequeño cerro al oriente de la población en donde aprovecharon para ir a buscar comida y pernoctar ahí.
 
Uno de los cargadores mientras dormitaba soñó que el Cristo le decía: váyanse, retomen su camino y déjenme a mi aquí. Al día siguiente al querer levantarlo, no pudieron hacerlo pues la imagen del Señor de las Misericordias se hizo tan pesada, que la fuerza de todos aquellos hombres fue incapaz de moverla. Ni aún la fuerza de las oraciones fue capaz de hacerlo. 
 
El cargador contó lo que el Cristo le dijo en sueños. Angustiados y profundamente tristes, los hombres siguieron solos su camino para ir a comunicar a los de Santo Domingo lo sucedido. 
 
Posteriormente, trataron nuevamente de llevárselo con la ayuda de los moradores de San Pedro Atocpan, pero todo fue inútil. El señor había elegido su nueva tierra. De ahí fue trasladado a la capilla de San Martin Caballero ubicada a orillas del cerro, que más tarde recibió el nombre de capilla o santuario de Yencuictlalpan donde estuvo 417 años aproximadamente. 
 
Los pobladores le conocen como el Cristo de Yencuictlalpan o el Cristo de Xalimoloya, nombre que también se le dio por el paraje en donde hizo el milagro de quedarse. 
 
Tiempo después a dicho paraje de Xalimoloya se le nombró Cruztlatempa (cruz en tierra alta). El día Domingo 15 de Mayo de 1977 el Cristo abandonó su antiguo santuario de Yencuictlapan, y  tomó posesiones  de su nuevo santuario del Señor De Las Misericordias, ubicado en el lugar donde él eligió a este hermoso pueblo de Atocpan.
 
 
BIBLIOGRAFÍA: 
 
1. Parte del texto fue tomado de: Jocundo González Rivera. Santuario del Señor de las Misericordias: El tesoro inagotable de San Pedro Atocpan, 1era edición. Pag. 15, 16 y 17. 
 
2. Luis Gutiérrez Romero. Crisol mágico del sur: Mayordomía del Milagroso Cristo de Yencuictlalpan. Pag. 3 
 
3. Marc Thouvenot, Diccionario náhuatl-español. Pag. 380 
 
4. Recuperación oral de la señora Celia Mendoza Villanueva, oriunda de San Pedro Atocpan y devota del Señor de Yencuictlalpan. 
 
5. Recuperación oral de varios vecinos de la comunidad de Atocpan.