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miércoles, 4 de abril de 2012

YO FUI MONTADO EN UN NAHUAL.




Por: Juan Crisóstomo Medina Villanueva

Un día cuando la gente va a donde se encuentra nuestro Señor y que se conoce como Chalma, un joven llamado Antonio Rojas, cuando llegó de regreso de la raspa, se encontraba parado en el portillo de su casa en Teopancaltitla (cerca o detrás de la iglesia) con una mirada tan triste que luego luego demostraba, pasó un señor de nombre Felipe Yescas, quien vivía en las afueras del barrio en el paraje llamado Xolaltenco (A la orilla de los solares o patios) aquí en San Mateo, Malacachtèpec Momòzco (lugar de los túmulos funerarios rodeado de cerros) ahora Milpa Alta. Con gran respeto se saludaron,  así como se acostumbra en nuestro querido pueblo, ¿Cómo alcanzaste la noche muchacho? y Mi bisabuelo respondió ¡Bien, Gracias!

Don Felipe dijo: ¿Estás muy triste?  El joven respondió: “No, sólo salí a distraerme porque no hay nadie en casa, fueron a visitar a Nuestro Padre Dios en Chalma”.

Ese señor, luego que oyó al joven muchacho, dentro de su cabeza empezó a trabajar  ideas y le preguntó: ¿En verdad ya eres hombre? Mi bisabuelo le respondió: Yo ya tengo el alma madura aún cuando sea muy joven, ¿Por qué me lo pregunta?  Don Felipe inició una plática hasta que lo invitó de esta manera: ¿Si quieres? ¡Vamos! Sólo tú y yo cuando las campanas llamen a oración (8 P: M:), ya que él para sus adentros deseaba enseñarle a ser un joven nahual. Mi bisabuelo no creía lo que le platicaba en señor, señalándole bien claro que su abuelita y sus hermanitos habían salido desde muy temprano, antes que el Sol saliera; todavía estaba oscura la madrugada de ese 3 de enero.

Don Felipe dijo entonces: Yo sé cómo irnos, por eso te he preguntado si en verdad ya eres muy macho. Yo soy nahual y lo que se dice de mí, es verdad. Nosotros andamos robando por el sur (Morelos) Nosotros adormilamos a las mujeres, a los hombres y a los niños, cuando aullamos, se detiene el medidor del tiempo (reloj) si de veras vas conmigo irás montado sobre mí. Ahora todavía te puedo platicar, cuando me convierta en animal, solamente como animal estaré; espérame mientras voy a recoger lo necesario para ir. Voy a mi casa; mientras, tú toma un canasto, una cobija y lazos para amarrarlos.

Y en verdad, poquito antes de sonar las 8 de la noche, vio mi bisabuelo, venir a Don Felipe y, volvió nuevamente a preguntarle ¿De veras eres macho?  porque muchos si ven lo que yo hago con el miedo que tienen: mueren o se hacen en los calzones, Don Antonio le respondió: Ya le dije que aunque sea joven ya he madurado.

¡Vamos! Y rápidamente caminaron sobre el empedrado y, ni se oía el ruido de los huaraches, pasaron por Tezquipa (Lugar sobre la arenilla roja) y llegaron a Olac (Lugar de la tierra mojada y pegajosa), dieron vuelta donde termina la cerca de piedra y caminaron hasta el lugar llamado Cauá-omitepa (Sobre los huesos de los caballos) que era un tiradero donde todo mundo iba a esparcir su ceniza.

Cuando estaban sonando las ocho de la noche (tiempo de la Oración). Don Felipe se hinco de rodillas, se persignó y empezó a rezar -”Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre...”. Luego sacó una escoba de popote, un ayate y se preparó. Con el ayate se cubrió, se lo amarró en el pecho y en las piernas, después se puso la escoba entre los muslos a manera de cola, hizo todo esto mientras seguía rezando y empezó a revolcarse en la ceniza.

Cuando se levantó ya era un gran burro y sacudía su piel. Don Antonio se medio espantó; pero como era joven, inmediatamente se repuso y el asno con la cabeza le indicaba que se montara. Don Antonio le amarró con todas sus fuerzas que si hubiera sido un burro, le hubiera quebrado los huesos y empezó a aullar así Auuauauau. Y empezó a correr sin llegar a tomar algún camino, saltaba cercas, magueyes y volaba sobre los barrancos, sus cascos donde había arenilla, hacían saltar por doquier las rojas piedrecitas. En tierra buena: levantaba polvareda.

Frente a los poblados aullaba “Auaua auau”, cuando salían otra vez aullaba. Pasaron por Atocpan donde los que tenemos boca de perro (vulgares) llamamos “Los de la Frente como de amplia batea de madera” a sus habitantes; por Oztotepec, a cuyos habitantes apodamos Tuzas.

Cuando aullaba el nahual, se escuchaba cómo todo mundo roncaba. Cuando subió por la Sierra del Ajusco, Don Antonio tenía frío y le gritaba: ¡Don Felipe deténgase usted! Y el nahual corría más fuerte. La luna alumbraba con gran esplendor, ¡Era una noche muy bella! Se podían admirar el Gran alacrán (Osa Mayor), el Pequeño Alacrán (Osa Menor) la Serpiente (Draco), los Tres Amos de la Noche (Orión) y otras Constelaciones formadas por las hermosas estrellas.

A media noche llegaron a “Agua de Bendita”, así se llama el lugar donde la gente de Milpa Alta duerme a mitad del bosque cuando van a Chalma. El nahual aulló, Don Antonio desmontó del él y reconoció a mucha gente mientras ellos roncaban al dormir, encontró a su abuelita y a sus hermanitos, tratando de despertarlos y, como muchacho maldoso les movía los pies, se paraba sobre ellos, entre ellos pasaba y ninguno se movió. Ninguno abrió los ojos.

Don Antonio entonces, trataba de despertar a los vigías y, ellos roncaban, luego, entre los dormidos encontró el canasto de comida de su abuelita, tomó seis tortillas, tres de estas se comió el nahual, mientras que él se sentó a comer las otras tres con frijolitos y una riquísima salsa molcajeteada, cuando terminó la comida, el animal otra vez con la cabeza le decía al muchacho que se montara, cuando lo hizo, el Nahual empezó a correr y a aullar, entonces se notó que la gente despertaba y se apretujaba entre sí por el temor.

Caía la nevada, Antonio con una mano se cubría el rostro con la frazada, mientras que con la otra se aferraba a las ataduras del nahual, que saltaba sobre los riachuelos y, aulló para entrar a Santa Martha, así mismo cuando salieron, caminaron por las orillas del río y, también aulló a la entrada de Ocuilan, lo mismo al salir, así lo hizo también ya en Chalmita, que como está en una cañada, entre los cerros, empezaron a bajar por los sinuosos caminos empedrados, No se oía el ruido de los cascos, era como si volara.

Cuando llegaron a donde corre dulcemente el agua del río, empezaron a buscar un lugar donde encontraran ceniza. Cuando la hallaron, rápidamente el nahual empezó a revolcarse e inmediatamente se convirtió en hombre. Todavía tenía atado el ayate al pecho y en las piernas  mientras que apretujaba la escoba entre las piernas, envolvió entonces la escoba con el ayate y los fue a esconder entre las breñas, antes de que amaneciera el cuatro de enero.

Una vez que ambos eran humanos, se dirigieron a la Iglesia donde el sacristán ya empezaba a sonar las campanas que invitaban a la Remembranza de la vida de Nuestro Señor (Misa); se abrió el portón del templo, se persignaron hincados y empezó la Misa.

Cuando concluyó esta, se fueron a bañar a río y almorzaron con carne de cerdo en chile verde y picaditas acompañadas de tortillas saladitas de manteca y bebieron su pulquito. Pagaron y caminaron por todo ese poblado.

Tempranito llegaron algunos paisanos y empezaron a preparar las viandas de fiesta que acostumbramos. A la hora de la comida (medio día 12Hrs.) llegó el resto de peregrinos y entre ellos iba la abuelita de Don. Antonio junto con sus hermanitos. Cuando la señora los vio le dijo ¡Antonio, querido hijo mío!: ¡Como viniste, si yo te dejé en la casa y llegaste primero?

Le respondió: Vine con don Felipe y, caminamos toda la noche alumbrados por la luna mientras ustedes dormían, por eso nuestros pies están sumamente cansados. La viejecita  los invitó a unirse a todos los de nuestro pueblo y así transcurrió la Víspera y la Fiesta Grande del seis de enero: Algunos cantaban, otros bailaban zapateados o danzas religiosas.

Cuando empezó a oscurecer se escuchaban los cohetones que junto con las lucecitas invitaban a la gente, luego empezaron las brillantes luces de los fuegos artificiales que los cerros respondían en eco al ruido de sus truenos. Cuando terminó se fueron a dormir. Al otro día cuando amaneció, Don Felipe dijo: Antonio, hoy en la noche nos iremos para que nadie se entere cómo.

Dirás a tu abuelita: “Nos vamos antes porque si no lo hacemos, no habrá pulque para cuando llegue la gente, y tengo que componer a los magueyes para que den más aguamiel”, y así dijo el muchacho a su abuelita, por lo que compraron de toda la fruta que allá se produce como los plátanos, zapote negro, guajilotes así como de otras que se producen en la tierra caliente y fueron a encargar sus dos canastos y los dos de la abuelita, que al verlos juntos, pregunto: ¿Cómo se van a ir? Don Felipe respondió “Nos iremos con unos arriero de Mixquic, quienes nos pasarán a dejar en Malacachtèpec.

Se abrazaron y la engañaron de que salían. En seguida fueron a esconder los canastos en una huerta de aguacate y ellos se metieron entre la maleza para que nadie los viera, Una vez que empezó a oscurecer se prepararon y, Don Felipe bajó donde estaba el ayate y la escoba, pero antes ordenó: “Aquí espérame y cuando venga me harás la carga, luego te montas y nos iremos”. Poco después de sonar la hora del rezo llegó el nahual, el muchacho le hizo la carga, montó en él y se regresaron. Con toda la fruta y Antonio montado sobre el nahual, éste parecía volar.

Llegaron a Xolaltenco a la casa de Don Felipe, bajaron un chiquihuite con fruta y en Topancaltitla bajaron tres y se fueron a Cauaomitepa donde él se revolcó.

Cuando Don Felipe ya era hombre le venía platicando: Si vas a andar conmigo no te faltaría qué comer junto con tus hermanitos; tendrías todo lo que quisieras, como lo haz visto hoy, puedo cargar todo y te puedo enseñar cómo convertirte nahual.

Antonio le respondió: Usted sabe que soy huérfano; pero mi amada madrecita me dio estos consejos: ¡Mi muy querido niño! Por siempre tendrás primero a Dios Nuestro Señor. No robarás. No cambiarás mujeres. No engañes a nadie. Comerás tu alimento con la sal de tu sudor y tendrás una vida buena. ¡Y, Murió! Con lágrimas en mis ojos y con mi llanto le dije: “Así se hará” Y, ahora he deshonrado mi palabra.

Perdóneme usted, no voy a tomar este Gran Misterio que pone usted en mis manos. Lo que hoy he visto nadie lo sabrá. A lo mejor cuando sea un anciano, lo platicaré a mis nietos.

Este cuento lo escuché de los labios de mi querida madre Francisca Villanueva Rojas de Medina a quien apodaron “La India Bonita” hermana de Fidencio Villanueva Rojas, quien en mexicano se nombró “El que estudiaba para Desesclavizarse”, ambos fueron nietos de Don Antonio Rojas, quien nació por los años 1850 y murió en 1941.